lunes, 15 de febrero de 2010

Criatura de la Noche y El Tambor

Mazurca

LÅT DEN RÄTTE KOMMA IN (Criatura de la Noche-2008) de Tomas Alfredson

Preludio
Un vampiro llega al barrio.

Barrio alejado de la noche vital y del jolgorio, de edificaciones modestas de gentes sencillas, de café, escuela pública, con su regio bosque que será verde la mitad del año y blanco de nieve la otra mitad.

El vampiro llegó bien entrada la noche. Al descender del taxi, no había nadie para recibirlo.

Quiso el Diablo que el vampiro fuera muchacha, tornándolo doblemente temible y demandante, al tiempo que frágil y extremadamente peligroso.

Se llama Eli. Su edad es imprecisable, pero Ella aclara “Hace mucho tiempo que tengo doce años”.

Danza
El barrio no estaba preparado para recibir a Eli.

Será su siervo, Hakan, quien se encargue de procurar que cada noche Eli tenga su ración de sangre.

Hakan y sus embudos, su cuchilla, sus soluciones y su aire serio y parco, sembrará de terror insólito al vecindario.

Una reverencia, la bailarina reconoce la pista y el varón consiente y aguarda
La maldad llega a este mundo de la mano del hombre, del ser humano.

A veces, en tamaño familiar, diluida y aumentada con conservantes y saborizantes que no logran sino volver soso al puro carácter.

Otras veces, condensada en envase pequeño. Esencia pura de maldad mineral.

El varón enlaza su brazo al talle de la bailarina
Veamos a un muchacho sencillo. Oskar, también de 12 años, de belleza femenina y candidez nada aconsejables para la edad. Oskar se culpa y se castiga por no poder enfrentar a un grupo de bravucones agresivos que encuentran en el fastidiarlo, una buena razón para ir a la escuela.

Agobiado por el tormento de tener que ir a clases cada día, se ensimisma en la soledad de su habitación o en la del parque y recrea su duro presente en un escenario en donde él es ahora un príncipe y sus estúpidos compañeros meros villanos, que sufrirán su segura derrota e implorarán por su clemencia, que claro es, Oskar no les negaría nunca. (Hay veces que el odio puede asumir formas de lo más curiosas... como ésta de la de “clemencia”).

Eli, adolescente milenaria, decide acercarse e intimar con Oskar. Con los días (las noches mejor dicho), fluirá la amistad entre ambos. Y con la amistad, el amor.

Final primera parte - Esperan todos de pié

DIE BLECHTROMMEL (El Tambor-1979), de Volker Schlondörff

Interludio. La orquesta interpreta una brevísima variación sobre la melodía principal
Por fin la gran guerra ha terminado. Danzig fue declarada estado libre. A los polacos se les concedió la ciudad y una oficina de correos propia, donde Jan Broski, coleccionista de sellos, encontraría empleo.

También Alfred Matzerath, soldado alemán quien llegara con la marea, decidiría quedarse en Danzig, prendado de la gracia de una bella enfermera, Agnes.

“Los kaschubas (casubios) hemos vivido aquí desde siempre”, afirma Jan, “desde antes que los polacos y que los alemanes”.

“Eso pertenece al pasado, Jan. Ahora hay paz. Kaschubas, alemanes y polacos convivirán pacíficamente”.

“Ya se verá”, comenta por lo bajo Agnes a su madre; kaschubas ambas, fuertes, indoblegables y sensuales por raza.

“Ya veremos” contesta la madre.

Y Agnes se retira del mercado, del brazo de Matzerath y de la mano de Jan.

Fin del interludio. Enlazan sus brazos la bailarina y dos pretendientes
“Estos dos señores –nos relata Oskar Matzerath, el protagonista-, tan distintos entre sí, coincidían en sus sentimientos por mamá. Y se terminaron tomando afecto el uno al otro. Y esta trinidad fue la que me trajo a mí, Oskar, a este mundo, con el sol bajo el signo de Virgo, y con Neptuno en la X mansión celeste, nací signado por el portento y por el engaño”.

Vuelta al tema con repetición

El 12 de setiembre de 1927 fue cuando Oscarcito, que acusaba tres años, se propuso en su corazón no crecer ni un centímetro más de estatura. Niño era y niño quedaría por expresa orden de su férrea voluntad, esa misma que él demandaba impiadosamente a los suyos tan debilitados y vapuleados por todo tipo de pasiones, de debilidades.
Hijo como era de su propio tío, Oskar creció odiando a su entorno, a la cobardía de los polacos y de los kaschubas, y a los alemanes que de a poco se iban apoderando de sus pensamientos, de sus quehaceres, de sus edificios, de sus costumbres, de sus miserias, de sus orgullos, de sus propias vidas.

Pero Oskar no era un loquillo tirabombas ni cualquier malvado suelto.

Su odio –su daño- era producto de una maldad refinada, de una conciencia oscura y libre. Con los años se volvería un “niño hombre” que podía recurrir a su costado “niño” cuando la situación apremiaba, pero también se sabía comportar como hombre si la ocasión le era propicia.

Su sangre condensaba el rencor de los sometidos cuando éstos hallan ocasión de devolver golpe por golpe.

Y no que odiara a todo el mundo. Nada de eso.

Oskar encontraba en Kobyella, un oficial de correos, y en un tendero judío, Segismund Markus, mayores por quienes sentía un sincero aprecio. Los tomaba como seres auténticos (solo los trataba eventualmente) y les dotaba en su mente dañina e infantil de una consistencia que se contraponía a la endeblez de su propia sangre como ya vimos.

Segismund y Kobyella además, eran importantes para Oskar. Ambos entraron en la vida del Pequeño a través de un regalo que éste recibiera en ocasión de cumplir sus tres años: un redoblante de hojalata.

Y así con la “adultez” que manaba de su tambor y lo “ojalata” de su fantasía infantil, Oskar atormentaba a propios y a ajenos con su redoblar maquinal, constante, autómata y malparido, forzando –siempre forzando- a la trinidad familiar a sublimar tanto odio... en culpa.


Se sueltan los bailarines
Algunos eligen domar su lucidez y llevarla a paseo por campos verdes y apacibles. Otros prefieren aguzarla y clavarla en una verdad dolorosa y tangible; sólo que no consideran que cualquier verdad se desdibuja si se la aprecia desde el odio, que es miope por naturaleza.

Vuelta al tema sin repetición
Oskar Matzerath solo odiaba. Su tamborcito ahora preludiaba a un arma aún más dañina: su grito. Grito agudo e histérico que rompía los cristales del mundo de los adultos, que dotaban a Oskar de ascendencia entre otros niños, pero que sobretodo, buscaban quebrar todo aquello que dócilmente se entregaba al sueño de la voluptuosidad, del no querer ver... sueño que pronto recibiría un tutor de hierro que lo enderezaría de raíz: el nazismo.

Enlace Final
Dos películas que se plantean desde una absoluta libertad el tema de la maldad y los niños. Cierto es que los vampiros no tienen edad, o mejor dicho, tienen una edad disparatada para nuestro odómetro convencional de vida humana. Tampoco nuestro frenético tamborilero tenía una edad definida. Pero lo concreto es que Eli y Oskar Matzerath son dos engendros del demonio cuya naturaleza los condiciona y los define. Y que son pequeños ambos.

Pero claro es, aún los malos “suelen dar buenas dádivas a quienes quieren” (Mateo 7:9-11)

La maldad no impide a quien la porta a sentir afecto sincero por otros, incluso amor; o a mantener relaciones serias con otros pocos seres, o hasta de amistad. La creencia que el malo es malvado desde que se despierta hasta que se acuesta es un modo de caricaturizar el asunto más que de abordarlo. Si los buenos simplemente fueran “buenos”, y los malos, “malvados”, y si siempre actuaran conforme a la naturaleza que es de suyo propio, este mundo se volvería previsible e insulso, y la raíz misma de nuestra autosuperación -que es el conflicto permanente-, se vería mortalmente dañada por una simpleza que lejos de facilitar las cosas las elimina de cuajo.

Uno está tentado a escribir que los malos no tienen esos dilemas morales que sí tienen los buenos. Oskar Matzerath pareciera desmentir esto. Buenos y malvados son igualmente complejos. Volvemos a Jesús cuando sugiere que se deje crecer juntos al trigo y a la cizaña. Ni la cizaña se vuelve trigo con los años, ni el trigo cizaña. La naturaleza de ambas pareciera signada desde la semilla. La inmensa variedad de alternativas que puedan presentarse también quedan signadas por la naturaleza de uno y otro. El trigo podrá volverse en pan o no, pero la cizaña, no correrá nunca esa suerte.

Eli se enamoró de Oskar. Cualquier sentimiento parecido con el del amor, ya no es amor.

Eli se enamora y nuestro blondo Oskar también cae presa a su llamado. Ya la veremos a “Eli Mujer Furia” como hace pasar a mejor vida al puñado de muchachitos vándalos que tanto lastimaban a Oskar. Ya veremos a Oskar llevar hasta el suspiro final a un vecino entrometido que podría arruinar el secreto idilio de nuestra pareja de preadolescentes.

El odio en los niños y su consiguiente deseo de venganza no debe de extrañarnos (“recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte” nos ordena don Jorge Manrique). Cuando ese odio se adueñe de las emociones y de las acciones, lo demás... será solo cuestión de recorrido.

Saludo y genuflexión
La vida en todo caso, es el escenario en donde se puede ser egoísta de a dos; o generoso a manos abiertas. Y si no optamos por una de estas dos alternativas, quizás la propia fuerza de las cosas sea la que decida por nosotros, solo que después no podremos hacer más que llorar sobre una vida que lejos de vivirla... nos arrastra, o algo peor, “vivir” dedicando una vida entera a encontrar culpables –aún odiando sinceramente- y buscando una justicia que ningún dios conocido nos haya prometido alguna vez jamás en nuestra estadía terrenal... cuando en realidad nada de lo que nos ocurre nos es ajeno.

Nada.

Oskar Matzerath, el hijo de Agnes, es un fiel ejemplo de esto que afirmamos.

Llegó incluso Oskar a amar alguna vez... y fue una enana, Roswitha, de un circo que actuaba exclusivamente para oficiales SS.

La muerte de Roswitha por acciones de la guerra no cambiaría demasiado la cosa, como tampoco la muerte prematura de su madre Agnes, padre Alfred y su tío Jan, todas propinadas y preparadas por él propio niño demonio. Oskar podía amar sin dejar de odiar nunca. El amor no lo redimía, apenas lo distraía.

Después de todo, de haber otra vida, Oskar bien podría quejarse de su suerte y todavía habría oídos atentos a escucharlo y a exculparlo.

No sabemos nada de nada. Ni de vampiros; ni de niños, ni de guerras. Quizás el odio, como aquel primer amor, sean algo indiscutido aunque resbaladizos como para llegar a comprenderlos. Tampoco sabemos que tan cierto sea esto. No queremos aprender nada que ya no sepamos, y encima, no sabemos nada.

A no asustarse ni indignarse entonces con Eli.

La única maldad conocida, la que hace mal, la que odiamos y nos enfervoriza, es la que en el fondo reconocemos como propia. Y quizás, si no matamos a nadie o si no lastimamos más de lo que lo hacemos –aunque a veces hagamos mucho daño aún sin percibirlo- se relacione más con nuestra cobardía sostenida y disfrazada por años de educación bien masticada que a una noción concreta de bien. Nuestra naturaleza “mixta” nos vuelve medianos... y acá si me cierra el planteo:

Los mixtos son (somos) parias.

Ni de Dios ni del Diablo. Este es un mundo con miles de millones de mixtos y un puñado de demonios y dioses. Aquí les presentamos una muestra de este puñado.

Fin de la danza. Las Parejas se separan. Ella sonríe y sale rauda a conversar con sus amigas. El se sonroja. El amor siempre encuentra un resquicio por donde colarse.

Patricio Flores

Un Servidor

A la Memoria de don Antonio Machado

miércoles, 20 de enero de 2010

La Caza del Hombre y Batman, el Caballero de la Noche

MAN HUNT (La Caza del Hombre-1941) de Fritz Lang
THE DARK KNIGHT (Batman, el Caballero de la Noche-2008) de Christopher Nolan



Quive-Smith (Sanders)
Cazando al führer
Thorndike (Walter Pidgeon) es un cazador deportivo de gran currículum. La cámara nos muestra sus huellas, en una zona boscosa y montañosa. Al fin lo vemos en persona, apuntando y gatillando cuando fija su mira telescópica en la figura de Adolf Hitler (Carl Ekberg), quien a 500 mts. está paseando por la terraza de su (queremos suponer) "wolfschanze". Por supuesto, con la recámara vacía, no pasa nada, pero cuando su rostro cambia de expresión y carga un cartucho, es sorprendido por un centinela que lo captura y lo lleva ante Quive-Smith (George Sanders), alto oficial de la Gestapo con extraño apellido no germánico. Thorndike explica que su propósito solo era el de demostrarse que podía disparar, pero no el de matar al führer. Quive-Smith, a pesar de ser él mismo un experto cazador, no cree una sola palabra y ordena torturarlo. Estamos en los días previos a la invasión de Polonia (mediados de 1939) y el horno no está para bollos. Cualquier incidente, por mínimo que sea, es materia prima para que los diplomáticos presenten quejas o denuncien maniobras sospechosas y todo puede ser utilizado como motivo para desatar una contienda. Fiel a su amor por el deporte, Quive-Smith suelta a Thorndike para proceder a su cacería, pero el protagonista escapa y, ayudado por un pequeño grumete (Roddy McDowall) logra escapar a Inglaterra, donde los agentes nazis (John Carradine y secuaces) no dejarán de seguirle el rastro. Oficialmente desaparecido, Thorndike se hace amigo de una prostituta (Joan Bennett) que le da asilo a cambio de dinero. Ahí es cuando se inicia el verdadero tema del filme, que consiste en el juego de gato y ratón en el que los nazis son decididamente malos pero no tontos.

Cazando al Guasón

Batman (Christian Bale) y
el Guasón (Heath Ledger)
Varios civiles improvisados se enfundan en trajes de murciélago para hacer justicia por mano propia y complicar las cosas al mundo del hampa. Sin embargo, el verdadero justiciero nocturno Batman (Christian Bale) se pone en alerta ante la aparición de un criminal fuera de serie que se hace llamar "el Guasón" (Heath Ledger). Pactando con los jefes mafiosos de turno, ofrece liquidar a Batman a cambio de una desorbitante suma de dinero. A medida que se lleva a cabo la investigación policial, encabezada por el teniente Gordon (Gary Oldman) y el fiscal Dent (Aaron Eckhart), Batman acomete proezas como la extradición ilegal de un empresario corrupto (Chin Han) o la desaforada persecución y captura del Guasón. Entre sus "experimentos sociales", el Guasón amenaza que, a no ser que Batman revele su identidad, personas del órden público comenzarán a morir; secuestra a Dent y a la joven Rachel Dawes (Maggie Gyllenhaal) y los oculta de tal manera que Batman solo pueda salvar a uno teniendo que sacrificar al otro; exige la muerte del gerente de las empresas Wayne (Morgan Freeman) para evitar volar un hospital público y sabotea dos ferries, uno lleno con reclusos, otro con civiles, cada uno de los cuales tiene dispositivos para hacer explotar al otro.

Enlace
¿Tendrá el maniqueísmo que políticos y líderes de masas utilizan en sus discursos algún basamento más tangible que lo ideológico? ¿Es siempre el "otro" el símbolo de todo lo dañino, lo indeseable, lo denigrante, lo indigno? ¿Es una lucha lo que separa ambos ying-yang o - nunca nadie lo aclaró explícitamente - una negociación?


Quive-Smith (Sanders) y Thorndike (Pidgeon),
frente a frente
Observemos estos casos, en primera línea tenemos a un "Otro Demonizado" por excelencia... ¿a ver? ¿Quién adivina? Thorndike es el famoso y típico inglés aristócrata de perfil alto y pretencioso, bueno, un tipo nada rescatable, especialmente para las naciones que han sido perjudicadas por la Corona Británica durante siglos. Aficionado a la caza, su propósito es acercarse lo suficiente a Hitler (cuya demonización hemos hablado en un díptico sobre DER UNTERGANG) como para dispararle. ¿Qué pasa cuando ese temerario inglés se encuentra frente a frente con uno de su misma audacia, Quive-Smith? El cazador se convierte en presa, y de eso trata el resto del magistral thriller propagandístico de Fritz Lang.

Estamos en el siglo XXI, y la asociación Bien y Mal juegan nuevas cartas. Esta vez tenemos al típico empresario que toma la ley en sus propias manos y se dedica a castigar a los que considera que rompen las reglas de la sociedad. Del mundo del crimen surge un visionario, perfectamente comparable al Quive-Smith del mundo de la guerra, un tal Guasón, que se dedica indiscriminadamente a poner en evidencia las injusticias sociales [1] exactamente igual que Batman, sólo que con un poco más de cinismo.


Thorndike, de cazador a presa
Con el esfuerzo argumental por redimirlos, el espectador termina por identificarse un poco más con Thorndike y Batman que con sus alter-ego Quive-Smith y Guasón. No son héroes de ética clara, inquebrantable, como la vieja escuela [2], sino seres lúdicos, de moral compleja [3] y de perpetua negación de los motivos del otro. El rechazo que nos provocan algunas determinaciones de los héroes va de la mano de la atracción de algunos postulados de los villanos y en su combinación tenemos las dos caras de una misma moneda que expusimos a través de estas dos películas dos.

Darío Lavia



Notas
1: Buen ejemplo es la famosa escena de los ferries. A los reclusos se les dice que la única posibilidad de supervivencia es hacer estallar el ferry de los civiles. Lo mismo se les dice a los civiles. ¿Qué hacer para salvarse? La película nos demuestra la Humanidad en la forma de un reo gargantúa (el gigantesco Tom 'Tiny' Lister Jr.) que arroja el dispositivo por un ojo de buey para impedir que alguien lo accione. Estamos en una película, es cine fantástico... la realidad nos hubiera deparado resoluciones más egoístas y primitivas.
2: En el desenlace de MAN HUNT hay un memorable duelo verbal y filosófico entre Quive-Smith y Thorndike. Estando en un filme propagandístico no se puede esperar mucho, pero los puntos de vista de Quive-Smith son lo suficientemente válidos para que su razonamiento sea digno de vencer por Thorndike. Esto no es frecuente, lo usual en el cine de esa época es poner en boca de los nazis discursos de barricada y sus típicos panfletos falaces.
3: En una escena fundamental de DARK KNIGHT también tenemos una confrontación oral entre Batman y Guasón. Cada uno expone sus cartas en la mesa y fundamenta sus actos... y ninguno está muy lejos de tener la razón.

lunes, 28 de diciembre de 2009

El Secreto de sus Ojos y El Nombre de la Rosa

EL SECRETO DE SUS OJOS (2009) de Juan José Campanella
DER NAME DER ROSE (El Nombre de la Rosa-1986) de Jean-Jacques Annaud

Un secreto, muchos ojos
La trama se inicia con una violación seguida de asesinato cuya aberrante escena es enviado a supervisar el empleado de juzgado Benjamin Espósito (Ricardo Darín). El desolado marido, Morales (Pablo Rago), es llamado a declarar y se siguen los procedimientos rutinarios hasta que otro funcionario judicial (Mariano Argento) aparece con el caso resuelto. Arresta a dos obreros bolivianos que, al estar trabajando en la cuadra, se convierten automáticamente en sospechosos. Una confesión firmada bajo tortura enfurece a Espósito que, escándalo mediante, se obsesiona con el caso poniéndose a indagar por su cuenta e involucrando a su compañero Sandoval (Guillermo Francella), un dipsómano que aporta una acertada pista en la búsqueda. Aparece en escena una nueva funcionaria jerárquica, la brillante Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil), por cuyo olfato femenino terminan atrapando al supuesto asesino, un antiguo vecino de la víctima llamado Gómez (Javier Godino). Hay cambios políticos en el país y se forma una célula clandestina parapolicial para reprimir al terrorismo que es apañada por sectores del poder ejecutivo. Gómez es un tipo ideal para responder este extraño llamado de la patria y, como consecuencia, sale por una amnistía política que, inexplicablemente, también libera asesinos... Como si esto fuera poco, la trama se inicia en los años '90 con el intento de un maduro Espósito de contar la historia a través de una novela y su reunión con Irene, su amor imposible. Ella le recomienda ponerse a escribir ya mismo y como resultado tenemos el extenso flashback que larga a mediados de los '70 y que refleja toda la trama salpimentada por algunos hechos luctuosos de la historia argentina.

Muchos nombres, una rosa
Italia, 1327: Dos monjes franciscanos cruzan el paisaje montañoso en medio de épocas medievales, de auténtico oscurantismo y extendida pobreza. El hermano William de Baskerville (Sean Connery) y el joven novicio Adso (Christian Slater) llegan a un monasterio benedictino donde tendrá lugar un interesante debate sobre si la Iglesia debe o no deshacerse de sus riquezas debido a que Cristo fue pobre. Acaba de fallecer un joven hermano, Adelmo de Otranto (Lars Bodin-Jorgensen), de gran recuerdo entre quienes lo trataron. El problema es que Adelmo ha sido llevado con Dios antes de tiempo, tal vez, por mano humana. El abad (Michel Lonsdale) sabe que William de Baskerville, un tipo agudo, es la persona indicada para indagar el asunto y establecer la auténtica causa de muerte, refutando así a varios hermanos que han comenzado a creer que una presencia sobrenatural vaga por el monasterio. ¿Fue caída, suicidio o asesinato? Para peor, Baskerville es puesto en un dilema ya que la otra alternativa de investigación es la no recomendable llamada a la Santa Inquisición. No hay tiempo de que nuestros protagonistas puedan sentar reales que el cadáver de otro monje es hallado en un chiquero de marranos. Mientras unos creen que se trata de la tercera trompeta que anuncia el Apocalipsis bíblico y que el Anticristo verá la luz en esa abadía, Baskerville comienza a sospechar que alguno de los libros secretos guardados en la amplísima biblioteca del monasterio tienen relación con las muertes. En eso llega el temido Bernardo Gui (F. Murray Abraham), Gran Inquisidor designado por el Papado, con toda intención de encontrar herejes y deshacerse de ellos de la manera más espectacular y pedagógica. Pero Baskerville tiene una opinión más racional, más aristotélica: "el paso entre la visión eclesiástica y el frenesí pecador es muy corto", recomienda a Adso y se pone manos a la obra, descubriendo irregularidades entre los hermanos fallecidos ("caricias antinaturales" como pago por el ingreso a la biblioteca secreta), la presencia de arsénico y un punto negro en los dedos de los cadáveres. Por su parte, a poco de investigar, Gui da con sus herejes: el hermano Remigio (Helmut Qualtinger), un jorobado (Ron Perlman) y una joven pastora (Valentina Vargas). ¿Podrá Baskerville salvar a estos inocentes y encontrar al verdadero responsable a tiempo, a pesar que el Abad ha desautorizado su investigación y que Gui corre con la ventaja de la infabilidad?

Enlace
Evidentemente esto de descubrir un asesinato no es cosa fácil, pero tampoco tan compleja como uno puede ver en series como CSI, BONES y DEXTER. Así como hay toda una ciencia de la deducción basada en lo racional y en la observación lógica, ¿podría existir un método no racional sobre el cual no solo deducir y sacar conclusiones sino de investigar y dar con el sospechoso? No podemos afirmar tanto pero, en cambio, sabemos que la literatura y el cine de origen anglosajón nos ha atiborrado de ejemplos en que a una investigación lógicamente planteada sucede un descubrimiento de asesinato, explicado de manera lógica, lúcida y verosimil. Sin embargo, otras letras, otras plumas y otras pantallas nos ofrecen otras recetas.

Recetas inverosímiles. Recetas que incluyen la indagatoria en un juzgado que termina con el sospechoso haciendo ostentación sexual frente a una magistrada y evidenciando así su culpabilidad (¡un hito en los anales de la jurisprudencia!). Pero esto no es más delirante que encontrar a un sospechoso que invita sugestivamente a Baskerville o a su pupilo a leer cierto libro que... ¡está envenenado!

Lugares inverosímiles. Lugares en los que puede darse que un asesino juzgado y convicto sea amnistiado por estar afiliado a un partido que necesita elementos como él para disponer de unos cuantos "subversivos que hay dando vueltas", por entonces, infiltrados en la sociedad. O que "sectas" dentro de la Iglesia (una definición un poco dura de las órdenes mencionadas) tengan la libertad de debatir sobre la pobreza del clero cuando nadie en el palacio papal estaría dispuesto por un minuto a aceptarlo ni siquiera a prueba.

Dos investigadores, dos culpables. La investigación de Romano es concluyente sobre la responsabilidad de dos obreros bolivianos (confesión vía tortura), y Espósito, inconforme con esta rápida solución, busca pistas por su cuenta hasta que da con el temible Gómez; lo mismo pasa con Baskerville que empieza investigando antes y debe apresurarse a concluir cuando su rival Gui da con sus tres culpables (confesión vía tortura).

La aguja en el pajar. Es la mejor definición del método que requiere seguir domingo a domingo la campaña del Racing Club de Avellaneda (la pobre campaña de 1975, quinto empezando de abajo) y tratar de individualizar al sospechoso en tribunas ocupadas por miles de adeptos a la "Academia". También es la tarea que afrontan Baskerville y Adso al tratar de ubicar el "libro asesino" en la pobladísima biblioteca de la abadía.

Erudición. Es la desplegada por el escribano Andretta, apasionado de Rácing Club que aporta la explicación de cada uno de los códigos desplegados por Gómez en sus famosas "cartas a su madre". También la despliega William de Baskerville al hablar del segundo libro de poesía de Aristóteles dedicado a la comedia, que pudo o no haber escrito, pero que sirve como trampa para Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego de la abadía.

Deducción a través de aseveraciones. Morales afirmó tan categóricamente "¿qué gano metiéndole yo cuatro tiros?" al asesino, que Espósito terminó por convencerse de que no había podido terminar el asunto metiéndole, justamente, cuatro tiros -aunque lo lógico fuera lo contrario: que Gómez ya estaba muerto 25 años atrás. Pero Baskerville también deduce y de su observación concluye que el asesino odia la risa, por que "la risa mata el miedo... y sin miedo no puede haber fe. Sin miedo al diablo... no hay más necesidad de Dios".


¿Cuál era el nombre de la rosa? Nadie parece saberlo, así como tampoco nadie se atreve a asegurar de qué ojos es el secreto (¡aunque hay cada teórico!). Con lo cual, concluyamos con Borges (inspirador de Eco y villano de la obra) que en las letras de su nombre ("Rosa") está la Rosa.

Nos despedimos con una sentencia de Barkerville (tal vez ancestro de un futuro amigo de Sherlock Holmes):

Cuán pacífica sería la vida sin amor, Adso. Cuán segura... cuán tranquila... y cuán aburrida. (William de Baskerville)

Darío Lavia

Dedicado a Eco y Campanella

Sin notas al pie

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